sábado, 19 de diciembre de 2015

OC 1 La misión a partir de la Pascua

La misión a partir de la resurrección



Eduardo de la Serna




Sabemos que muchos siguieron a Jesús en su vida pública. Seguramente con motivos diferentes cada uno. Sin embargo, el drama de la cruz derrumbó las expectativas, aún las más generosas. Pero es evidente que la experiencia de la resurrección permitió que les “volviera el alma al cuerpo”; aunque ahora con nuevas miradas y nuevos horizontes. No es difícil imaginar las primeras preguntas que se formulaban: ¿quién es él?, ¿qué fue lo que pasó?, ¿qué vamos a hacer de ahora en más?

No tenemos textos en el Nuevo Testamento que nos permitan acceder de primera mano a este momento, pero no es difícil ver algo de esto en el relato de la “pesca y aparición del Resucitado” (Juan 21,1-14; ver Lucas 5,1-11). Entre los estudiosos hay consenso en atribuirlo a un redactor, que dio forma definitiva al Cuarto Evangelio. Allí, Pedro -el llamado a ser “pescador de hombres”- decide “volver al lago”. “Voy a pescar”, “nosotros vamos contigo” le dicen sus compañeros (v.3). Lo vivido con Jesús “fue un sueño”, “volvamos a donde empezamos”, parecen estar diciendo. La pesca es infructuosa. Pero el encuentro con el resucitado, y la posterior pesca sobreabundante fueron suficientes para el reconocimiento del discípulo amado: “es el Señor” (v.7). Como en la visita a la tumba (20,3-10), Pedro va detrás del Discípulo. Al escucharlo, Pedro –que estaba con poca ropa- se tira al agua, para luego sacar la red con 153 peces grandes. Notemos que mientras los demás discípulos apenas pueden “arrastrar” la red (vv. 6 y 8), Pedro sin ayuda la saca a tierra; y también que la red no se “rompe” -como tampoco se “rompe” la túnica sin costura de Jesús en la cruz (19,24). Esto invita a pensar el número de peces en sentido simbólico (misionero y universal). El número es enorme, y sin embargo no hay “cisma” (es la palabra griega usada en el texto). El pescador de seres humanos recupera la confianza en el encuentro con el Señor y vuelve a ponerse en su seguimiento; el que había estado junto al “carbón”, negándose a sí mismo al rechazar a Jesús (18,18), ahora está junto a “otro carbón” (21,9), el desorientado, recupera el horizonte; vuelve a la verdadera pesca a la que Jesús lo convoca. Sólo partiendo del encuentro con Jesús la pesca es fructífera, y sólo con él es posible que no se rompa la red, y sacarla fuera.

Luego de la crisis, el resucitado es confesado como “Señor”, que es un término casi litúrgico, y refiere al mismo nombre divino: cuando se tradujo al griego la Biblia hebrea, el nombre de Dios, “Yahvé”, se tradujo habitualmente por “Señor”; por eso, decir que Jesús es “Señor” es un reconocimiento de la fe en el resucitado por Dios. Este elemento litúrgico, también puede verse en la semejanza entre los panes y los peces del relato de la multiplicación, y sus connotaciones eucarísticas (ver 6,11 y 21,13).

La crisis empieza a resolverse, pero no sin nuevas preguntas. Si antes lo “seguíamos”, el seguimiento ahora parece tener nuevos rumbos. Si lo acompañamos hasta Jerusalén, e incluso decididos a “morir con él” (Jn 11,16), la resurrección da una nueva luz al seguimiento. No que la resurrección sea una especie de “tortilla” que invierte lo que aquí vivimos, y que aquellos que aquí sufren, “allí” gozarán, los que aquí disfrutan, “allí” tendrán desdicha, sino que la resurrección ilumina la misma vida presente porque lleva “el sello divino”, Dios mismo nos muestra que vale la pena arriesgar la vida. Este que ha resucitado y al que encontramos en nuestro camino nos muestra que ya comenzó el tiempo definitivo: en aquel día “muchos de los que descansan en el polvo de la tierra se despertarán para la vida eterna…” (Dn 12,2), ese día ha empezado con Jesús.

La Pascua de Jesús es una luz que ilumina nuestra fe, y nos impulsa a descubrir que no podemos guardar para nosotros la buena noticia que la humanidad necesita. Pero para eso es necesario un primer paso, ese que está en la orilla, ese Jesús que descubrimos en algún momento, debemos verdaderamente reconocerlo como “Señor”, y desde allí “tirarnos a la piscina” para tener las fuerzas de la pascua y sacar los peces sin romper la red. Encontrar la luz de la pascua nos lleva a profundizar la pregunta “¿quién es Jesús para nosotros?”; pero a su vez, a salir a los caminos a comunicar a todas y todos, ese hallazgo. Eso nos impulsará a descubrir día a día más profundamente quiénes somos: discípulos amados que reconocen al “Señor”, amigos de Jesús en seguimiento por sus huellas, iluminados por la resurrección de Jesús, que es anticipo de la nuestra y da fuerza y sentido a nuestro compromiso por la vida y por el reino.

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