sábado, 19 de diciembre de 2015

OC 2 El movimiento de Jesús en su ambiente

El movimiento de Jesús en su ambiente


 Eduardo de la Serna

Algo que los cuatro evangelios nos dicen unánimemente de Jesús es que “predica”. En los primeros evangelios, esta predicación es casi exclusiva, proclama: “el reino de Dios está cerca” (Mc 1,15; “reino” lo encontramos 55 veces en Mateo, 20 en Marcos y 46 en Lucas). ¿Qué es lo que Jesús predica?

Un elemento que es bien sabido es que Jesús, cuando empezó a enseñar, no lo hizo solo. No fue un predicador solitario sino que desde el comienzo estuvo acompañado. Hay algunos matices según los evangelios, pero este punto de partida es evidente. Un grupo parece seguir a Jesús por todas partes, otro le sale a su encuentro cuando anda por su región, y multitudes se reúnen ocasionalmente. Dentro de ese grupo que lo sigue, para que todos los judíos sepan que su voluntad es “reunir al Israel disperso”, se elige Doce (Mt 10,1; Mc 3,14; Lc 6,13; Jn 6,67; ver Ap 21,14), de modo que cualquiera recordara los doce hijos de Jacob. Por eso son doce varones, aunque también hubiera mujeres entre quienes lo seguían. Como Jesús, estos parecen más disponibles, y pueden ir por los pueblos (Mc 6,6b-13). De alguna manera, dejaron sus vidas pasadas (Mc 10,28) para empezar a asumir la novedad que trae Jesús. Hay otros que también quieren asumir el proyecto de Jesús pero no dejan sus casas o trabajos. Pero no son menos “discípulos”, y de hecho Jesús parece alojarse en sus casas cuando va por esas regiones, como es el caso de Lázaro, Marta y María, por ejemplo (Mc 11,11; Jn 11,1; ver Lc 10,38-42). Finalmente, las multitudes se reúnen junto a él cuando predica en montes o llanos, en lagos o barrios, y a ellos se les anuncia “la buena noticia” (Mt 5,1; 13,1; Mc 2,2; Lc 6,17).

Esto nos muestra que Jesús en su vida cotidiana puso en marcha “un movimiento”, movimiento que continuó después de la Pascua. Ellos se sabían parte de Israel, pero que también tienen una novedad que necesitan compartir con “toda la casa de Israel” (Mt 10,6).

No debemos olvidar que en tiempos de Jesús, muchos miembros del pueblo de Abraham eran tenidos como “miembros de segunda categoría”: las mujeres, los impuros –por impureza ritual, poseídos, enfermos, etc.- los publicanos, los niños, y –obviamente- los extranjeros. Jesús incorpora en su grupo o considera miembros del banquete del reino a quienes no eran incorporados por los “religiosos” de su tiempo: tiene discípulas (Lc 8,1-3), dice que de los pobres y niños “es el reino de Dios” (Lc 6,20; 18,16). Las excusas insólitas que ponen para no participar los invitados al banquete –con mucha frecuencia el “reino” es presentado como un banquete (ver Lc 14,1-24) o con bodas (Mt 22,1-14)- son indicio de que no quieren ser parte de un banquete en casa de uno capaz de sentar en “mi mesa” a ciegos, cojos, pobres y lisiados (Lc 14,15-24). Cuando Jesús come en casa de Zaqueo debe recordar a los demás que “también este es un hijo de Abraham” (Lc 19,9). En tiempos en que del “viejo Israel” sólo quedaba una tribu y media (Judá y Benjamín), Jesús elige Doce para que estén con él. Y resucitado Jesús, los Doce siguieron juntos, y continuaron la tarea de Jesús de anunciar el Evangelio a los miembros de su pueblo (Mt 28,16-20; Mc 16,14-20; Lc 24,44-53; ver Hch 1,12-14).

La imagen del “reino de Dios”, una metáfora evidentemente tomada del ambiente político, es la que integra todo este movimiento. Dios reina allí cuando los discriminados, despreciados o rechazados son incluidos en la casa de Israel. En este sentido, el “Dios del reino” es inseparable del reino de Dios. Un Dios que es presentado como “Padre” es la esperanza de los pobres, quien confiesa que Dios es padre de todos y todas, quiere que él reine y lo pide en su oración: “venga tu reino” para que se “haga tu voluntad en la tierra como (se hace) en el cielo” (Mt 6,10).

Ningún anuncio de Jesús y el Evangelio será continuador de la predicación del Señor si no anuncia que Dios quiere reinar, y lo hace cuando los que son rechazados, despreciados, ignorados sean incluidos en la mesa de la vida. No lo será si no es anuncio de auténticas buenas noticias a los que están habituados al dolor, al desprecio y a la muerte antes de tiempo. Con claridad lo afirma Pablo VI: “Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un reino, el reino de Dios; tan importante que, en relación a él, todo se convierte en ‘lo demás’, que es dado por añadidura. Solamente el reino es pues absoluto, y todo el resto es relativo” (EN 8). Sigue siendo nuestro desafío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario