sábado, 19 de diciembre de 2015

VC 7. Pereza

La Pereza


Eduardo de la Serna



            Si de "pereza" debemos hablar, la primera impresión que surgirá, seguramente, es que nos referimos a un cierto desgano, por ejemplo, para "emerger" de la cama después de no dormir todo lo que hubiéramos deseado, o al desgano de hacer algo que quisiéramos dejar "para después". Ahora, ¿realmente es un vicio "remolonear" un rato entre las sábanas? ¿Dónde estaría la maldad o lo perjudicial? ¿Acaso alguien afirmaría que "hacer fiaca", en especial el día que podemos hacerlo, es algo malo? Para ser más exactos, vamos a intentar precisar a qué nos referimos cuando hablamos de que la "pereza" es un "vicio capital".

Pereza y Acedia

            En realidad, la tradición, al hablar del Vicio Capital, no se refiere tanto a la "pereza" sino a la "acedia". Este término viene del griego akedía (despreocupación, descuido). Pero no se refiere a lo que solemos llamar el "ocio" (aunque en algunos escritos se identifiquen) sino a un descuido en el crecimiento, una "pereza espiritual". Un ejemplo verdaderamente notable viene presentado por San Agustín. Él afirma que todo, en su vida, lo va llamando a la conversión, no sólo los acontecimientos que va viviendo sino también su crecimiento intelectual, pero hay "algo" que desde adentro le impide "dar el paso" necesario...

            "Así me sentía dulcemente oprimido por la carga del siglo como por el sueño; y los pensamientos con que meditaba ir a Vos eran semejantes a los esfuerzos de los que quieren despertar; pero vencidos del profundo sopor, tornan a sumergirse en él. Y así como no hay nadie que quiera estar siempre durmiendo, y al sano juicio de todos es preferible estar despierto, y, no obstante, difiere frecuentemente el hombre sacudir el sueño, cuando un pesado sopor encadena sus miembros, y aunque no quisiera y sea hora de levantarse, se vuelve a dormir con más gusto: así yo tenía por cierto que era mejor entregarme a tu amor que condescender con el apetito; pero aquello me parecía bien y me convencía, mas esto me deleitaba y encadenaba. Por lo cual no tenía qué responderte cuando me decías: ¡Levántate tú que duermes, y álzate de entre los muertos, y te iluminará Cristo! (Ef 5,14). Me hacías ver por todos lados que era verdad lo que me decías, y convencido de la verdad, no tenía absolutamente nada que responder, sino palabras perezosas y soñolientas: "Ahora, ahora mismo; déjame un poco". Pero aquel "Ahora, ahora" no llegaba nunca; y aquel "déjame un poco" iba para largo. En vano me deleitaba en tu Ley según el hombre interior; porque otra Ley luchaba en mis miembros contra la Ley de mi espíritu y me llevaba cautivo bajo la ley del pecado que estaba en mis miembros (Rom 7,22). Porque ley del pecado es la violencia de la costumbre, que arrastra y retiene al ánimo contra su voluntad. ¡Desventurado de mí!, ¿quién me iba a librar de este cuerpo de muerte, sino tu gracia, por Jesucristo, Señor nuestro? (Rom 7,24)".

            Como se ve, la imagen de la pereza al levantarse es sólo gráfica, metafórica, el centro de la cuestión está puesto en la "pereza" para "dar el salto" que lo haga dar el paso necesario. Es precisamente esto lo que se llama "acedia" y a lo que nos referiremos al hablar de "pereza".

            Por esto, la pereza puede asemejarse a la "tibieza", y recibe las más variadas imágenes: tiniebla, desolación, o incluso descuido (¿quedarse dormido?) en la vigilancia... San Ignacio, en sus célebres Ejercicios Espirituales la presenta como desolación, pero no una desolación "muerta", "seca" sino perversa, activa:

            "Llamo desolación espiritual a la oscuridad del alma, turbación en ella, inclinación por las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose el alma toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor".

            Es importante, entonces, entender que frecuentemente la "acedia" es más que un simple "no-hacer" (aunque a veces lo suponga) y llega a ser un "hacer mal"... Esto será importante para lo que pretendemos reflexionar más adelante. Señalemos, por ahora, que entre acedia y desaliento hay un notable parentesco como lo señala el Catecismo de la Iglesia Católica:

            "Otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedia. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o de desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. "El espíritu está pronto pero la carne es débil" (Mt 26,41). El desaliento, doloroso, es el reverso de la presunción. Quien es humilde no se extraña de su miseria; ésta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse firme en la constancia".


Pereza y tristeza

            Lo que venimos diciendo nos prepara para entender por qué una importante tradición, cuyo más grande exponente es santo Tomás de Aquino, prefiere hablar, antes que de acedia, de "tristitia" (tristeza). Se refiere a un "tedio o tristeza", desgano de la voluntad en preocuparse por el propio bien espiritual. Por eso afirma el Catecismo: "La acedia o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino". Lo interesante de tener esto en cuenta es que se hace notar que la actitud de "desgano" provoca un "desánimo" que lleva a una especie de "muerte del espíritu".

            "Por lo mismo, cuando te sientas afectado por la indolencia, la acedia o el tedio, no pierdas por eso la esperanza, ni desistas de tu tesón espiritual. Pide la mano del que te ayuda, instándole a que te atraiga, como hace la esposa (del Cantar de los Cantares), hasta que con el estímulo de la gracia puedas correr de nuevo más aprisa y alegre, diciendo: Corrí por el camino de tus leyes, cuando me ensanchaste el corazón. Por eso, mientras actúe la gracia, alégrate: pero no pienses que posees el don de Dios por un derecho hereditario, como si por esa seguridad llegaras a creer que no puedes perderlo jamás. No sea que de repente te suelte su mano y te prive de su don, y caiga tu ánimo abatido, excesivamente desconsolado". (San Bernardo)


            ¿Podremos decir que la "pereza" es una especie de "depresión del espíritu"? De hecho, si es también mirada como tristeza, es evidente que, si para combatir un vicio, se debe buscar obtener la virtud contraria, en este caso lo que se debe procurar es la alegría. Ahora, ¿cómo puede procurar la alegría un desganado, un desanimado, un deprimido? O mejor aún, ¿puede buscar la alegría?

Pereza e hiper-actividad

            De hecho, como hemos señalado, la pereza no debe entenderse como un simple "no hacer". Muchas veces el "no hacer" viene disfrazado por un "hacer mucho". El problema radica en que se hace mucho, pero no lo que se debería hacer. Un ejemplo lo podríamos tener en el padre de familia que trabaja todo el día, que hace "miles de cosas", pero no se dedica a su familia, a sus hijos. Podrá estar convencido de "trabajar para la familia", por el bienestar de mis hijos. Incluso puede ser que los llene de regalos, pero está faltando a lo que realmente debe hacer: ocuparse de ellos, dar cariño, dialogar, compartir... En este caso podemos hablar de una acedia laboriosa.

            La ambición, cuando no encuentra un equilibrio, una medida (des-medida) también es un modo de insania, y lleva a una idéntica hiper-actividad pero no deja al hombre girar sobre su propio centro... Estamos, también en este caso, ante una "laboriosidad" que es más aparente que real, y tanto ésta como la anterior, todas producen insatisfacción. Así puede comprenderse lo de la "tristitia". Es estar "des-ubicado"...

            Como puede verse en lo que hemos dicho hasta aquí, la mayor parte de lo que puede afirmarse de la acedia es lo que "no hace" o "hace mal" (notar las palabras con el prefijo "des-", o "in-": des-idia, des-gano, des-cuido, in-satisfacción, des-medida, in-sania, in-constancia, des-olación, des-esperanza...). Realmente, no se está diciendo nada muy bueno sobre esto.

Pereza y su gravedad

            Vimos que los otros vicios, en alguna medida pueden producir hasta el bien; de hecho hemos hablado de una "santa envidia", de una "justa ira", del "banquete del Reino", de los sanos placeres, de la virtud del ahorro... La acedia, en cambio, precisamente por la "negatividad" no puede llevar a algo bueno. Es más, con mucha frecuencia, la pereza, es el ingrediente que empeora los demás vicios ya que produce rechazo a la virtud opuesta. Es un pesimismo total que vence la razón y la voluntad. Hay una pereza mental (negación a madurar). Podríamos afirmar de la pereza algo semejante de lo que una vez escuchamos decir sobre la torpeza: "¿sabe, padre?, yo prefiero tener un hijo malo antes que un hijo bobo -me dijo una vez un señor-; porque si mi hijo es malo, podrá cambiar, pero si mi hijo es bobo, nunca se va a dar cuenta". ¿No podríamos decir, análogamente, algo así de la pereza? Si es cierto que de un vicio a un pecado hay una barrera fácilmente franqueable, lo mismo puede decirse en sentido inverso (de pecado a sólo vicio, y de allí al terreno de la virtud), en cambio nada de esto puede decirse del inmovilismo.

            Por eso debemos decir que lo contrario a la pereza es la laboriosidad, pero no nos referimos a "una persona trabajadora" (lo cual, por cierto, también es bueno, con la excepción señalada más arriba) sino a quien "se ocupa", trabaja por crecer: por "despertar" si es que está "dormido", "crecer" si está estancado, "avanzar" si está detenido, "correr" si simplemente caminaba...

            La acedia es algo tan "desganado", que ha podido llamársela una "ira venida a menos" (san Buenaventura).

            Hasta aquí hemos reflexionado sobre los diferentes vicios, y hemos de notar que cada uno va "tocando" diferentes puntos de nuestra vida. Allí donde podemos ser más débiles (o flojos). Pero la debilidad (y lo hemos destacado en otra ocasión) nunca es vicio. Incluso, por ejemplo, en el humilde, puede ser motivo de dejar de confiar en las propias fuerzas (que se saben pocas o insuficientes) y aprender a confiar en Dios, lo cual puede ser todo un "proyecto de vida" (Santa Teresa del Niño Jesús lo llamó "pequeño camino de confianza y abandono").

            "Todas las otras pasiones tocan sólo la parte irascible del alma o la concupiscible o la racional, como el olvido y la ignorancia; la acedia, en cambio, aferrando todas las potencias del alma, excita casi todas las pasiones juntas y, por eso, es la más grave de todas. Dice bien, pues, el Señor, que ha dado el remedio contra ella: Con la paciencia, ustedes ganarán sus almas". (Máximo el Confesor).

Notemos que, para este gran escritor, es presentada como "la más grave", y algo que sólo es superable con "paciencia".

            De todos modos, su gravedad también es presentada de otra forma: "dos tentaciones frecuentes amenazan la oración: la falta de fe y la acedia que es una forma de depresión o de pereza debida al relajamiento de la ascesis y que lleva al desaliento" (Catecismo).


            Si notamos lo que hasta aquí hemos dicho, se entenderá por qué se habla de su gravedad: tibieza, desgano, tristeza, desaliento, depresión... Evidentemente lo difícil no es encontrar la virtud opuesta (paciencia, alegría, laboriosidad...) sino simplemente ponerse en camino. La gravedad no radica, entonces, en que se hagan "cosas malas", sino en "no levantarse". Aunque caigas muchas veces, «te levantas, otras diez, otras cien, otras quinientas... No han de ser tus caídas tan violentas y tampoco -por ley- han de ser tantas» se decía. El problema es el de quien sólo ha caído una vez (y quizás ni siquiera desde un lugar demasiado alto), pero no "siente" en su interior "fuerzas" para levantarse.

Pereza y compromiso

Dice nuevamente Máximo el Confesor:

            "Hagamos sinceramente penitencia para que, liberados de las pasiones, consigamos la remisión de los pecados. Despreciemos las cosas temporales a fin de no transgredir el mandamiento del amor; para que no caigamos del amor de Dios, combatiendo por su causa a los hombres. Andemos en el Espíritu y no realizaremos el deseo de la carne. Velemos y estemos sobrios, rechacemos el sueño de la pereza. Rivalicemos con los santos atletas del Salvador. Imitemos sus combates, olvidándonos de lo que queda atrás y tendiendo hacia lo que está por delante. Imitemos su carrera infatigable, su ardiente deseo, la fortaleza de la continencia, la santificación de la castidad, la nobleza de la paciencia, el aguante de la magnanimidad, la lamentación de la compasión, la tranquilidad de la dulzura, el ardor del celo, el amor sin ficción, la altura de la humildad, la simplicidad de la pobreza, la virilidad, la bondad, la benignidad. No nos dejemos relajar por los placeres, no nos hagamos soberbios por los pensamientos, no corrompamos la conciencia; busquemos la paz con todos y la santificación, sin la cual ninguno verá al Señor. Y, sobre todas las cosas, huyamos del mundo, hermanos, y del señor del mundo. Abandonemos la carne y las cosas carnales. Corramos hacia el cielo, allí tendremos nuestra ciudadanía".


Dejamos de lado una interpretación platónica en esto de "huir del mundo" y "abandonar la carne" (que entendiendo lo que quiere decir y ubicándolo en su tiempo no debería causar problema), y notemos la decisión que se pretende en la vida que es presentada como un combate, o como una competencia. La resistencia, la paciencia para combatir-competir, pasan a ser fundamentales a la hora de pretender la victoria.

            "El buen obrero toma con confianza el pan de su trabajo; el perezoso y el negligente no mira cara a cara al que le da trabajo. Así pues, es necesario que estemos llenos de celo por el buen obrar pues de Él viene todo: Porque de antemano nos dice: He aquí el Señor. Y su recompensa está delante de su rostro para dar a cada uno según su obra. Por tanto, nos exhorta a creer en Él de todo corazón para que no seamos perezosos ni negligentes en toda obra buena. Estén en Él nuestra gloria y confianza" (san Clemente Romano).


            Al no ser perezosos a la obra buena, pondremos en Él nuestra confianza con lo que estaremos llenos de celo, tendremos la fuerza necesaria para avanzar.

            Una de las grandes dificultades del "trabajo" en nuestros días (y no estamos hablando del "mercado laboral" sino de la dedicación por el mundo, por la vida, por los que nos rodean...) es la escasez de "frutos". ¿Tiene sentido consagrar un esfuerzo, un trabajo, una dedicación a algo cuyos frutos no veremos? Estamos entrando en el terreno de la fe, en la importancia de trabajar sin esperar frutos. Entiéndase bien: no decimos que se trabaje y que los frutos no sean importantes. Nadie siembra para que no dé fruto. Pero una cosa es que dé fruto y otra bien diferente es que trabajemos para ver nosotros los frutos... Es famosa y aleccionadora la frase de Martin Luther King: "Si estuviera seguro que mañana estalla el mundo, yo hoy igual plantaría mi manzano". Esto, por otro lado, bien entendido, alienta nuestra esperanza y da sentido a nuestro trabajo. Es partir de la seguridad (que nos da confiar en Dios) de que lo sembrado dará fruto. Suele ser desalentador no obtener fruto, pero dejaría de ser importante (y dejaría de entristecernos) si no pretendiéramos ser necesariamente nosotros los que lo recolecten. Obviamente que si los frutos aparecen será mejor, pero no causa desánimo o desesperanza no obtener lo que no se espera...

            Otro elemento que no debe confundirse con pereza es el "no ocuparse", no dedicarse, no interesarse, por lo que -aunque para otros lo sea- para nosotros no es lo importante... "Yo no hubiera recogido un alfiler por evitar el purgatorio. Todo lo que yo he hecho ha sido para causarle placer a Dios y para salvarle almas" afirma santa Teresita en su lecho de moribunda. Evidentemente, mientras muchos buscaban "adquirir méritos" para "ganar" el cielo, y muchos pretendían alcanzar a toda costa la vida y, a toda costa, evitar el castigo, Teresa de Lisieux no se preocupa por los méritos, por los "ahorros" espirituales, sino por causarle placer a Dios, agradarle. "Un alfiler recogido por amor puede salvar un alma", afirma en otra parte; pero por salvar la suya no hubiera levantado un alfiler... Sin dudas que los que buscan méritos pueden entender esta espiritualidad como un camino "sin fuerza", flojo, desanimado. El tema, en este caso, radica en la escala de valores, en el camino que nos hemos propuesto o a dónde pretendemos llegar. En esto, la pereza no tiene nada que decir, aunque podamos andar "desorientados", o podamos caminar sin rumbo, pero eso es otra cosa...

            Acá es donde debemos comenzar a formularnos algunas preguntas: la misión fundamental del laico es "consagrar el mundo". Para ello cuenta con espacios privilegiados: el mundo del trabajo, del sindicato, de la política. Sin embargo, lo que se suele escuchar –gracias a Dios, en los últimos tiempos, bastante menos que antes- es que "la política (sindicatos, etc...) está podrida". La pregunta pertinente sería qué esfuerzo han hecho -y siguen haciendo- los laicos y laicas para consagrar el mundo político... ¿Qué han hecho para ser ellos la levadura que fermente toda la masa, y no ser ellos fermentados por otra levadura (o la "manzana podrida"...)? Y si no lo han hecho, si los laicos cristianos no están "trabajando" en donde deben trabajar, ¿dónde están?, ¿por qué no están donde deberían estar? ¿No habrá una suerte de pereza (sea de asedia, de tristitia o de hiperactividad en otros campos) que les impide comprometer su vida a consagrar el mundo? Si hay desidia, desánimo frente al mundo que vivimos, si hay tristeza frente a lo que "nos toca (sic) vivir"... ¿no tendrá la pereza una gran responsabilidad? Más que la corrupción, la injusticia, las responsabilidades externas, ¿no habrá una enorme cuota de responsabilidad en que mantenemos "dormido" el compromiso que nos exige crecer, ser mejores, vivir de un modo nuevo y fraterno? (sin negar -por supuesto- los compromisos y responsabilidades en ello de los corruptos, injustos, etc...). La enorme tristeza que embarga a tanta gente en nuestro presente, ¿no se parece mucho a la tristitia? ¿El desánimo frente al mundo presente, no se parece a la acedia? Porque entonces, si esto es así, debemos concluir que una gran cuota de pereza es la primera responsable de lo que nos pasa. Porque dejamos que pase... ¿Qué pasaría si los seguidores de Cristo se pusieran de pie, levantaran la bandera de la liberación y la justicia, si combatieran de raíz la corrupción y la mentira, si "trabajaran" por un mundo nuevo y fraterno? Sin dudas no estaríamos como estamos. Sin dudas, no sólo no les hemos reclamado a los tantos que han jurado sabiendo que ni Dios ni la Patria jamás los demandarán, sino que les hemos permitido que nos saqueen, nos mientan, nos roben... No hemos hecho lo que debíamos (aunque muchos hemos hecho "miles de cosas"). Y eso es acedia.

            Claro que no es sólo desaliento. También hay "desalentadores". La apatía tiene mucha razón de ser, precisamente sería una "laboriosidad ingenua" decir simplemente "voy a...", pero quienes creemos que el pueblo no es tonto (aunque sí pacífico), no es ingenuo (aunque sí confiado) y no es quedado (aunque sí prudente), no perdemos la esperanza en que un mundo nuevo y mejor es posible, pero debemos esperar “que nos dé sus benditas señales de vida el pueblo” (Teresa Parodi). Y saber reconocer las señales que el pueblo va dando y caminar a su lado.

            Por otra parte, para alentar el desaliento se afirma que han muerto, o están en crisis las ideologías, que ya no hay algo por qué luchar, algo por lo que vale la pena vivir (y ser feliz). Eso es un llamado a la pereza, a la tristitia, a la desesperanza, a la depresión y a la muerte. Es grave que haya quienes alienten la “no política”, que –valga la ironía- alienten el desaliento. Muchos, en cambio, seguimos creyendo en la fuerza de la vida. Muchos seguimos creyendo que las utopías son ideales inalcanzables, pero que -como el horizonte- dan orientación y sentido a nuestra marcha. El Reino del amor y la justicia es una utopía; siempre existirá el pecado, la injusticia y la muerte (el camino está siempre lleno de polvo y espinas, pero eso no debe “entristecer” la marcha); pero sabemos, porque confiamos en la palabra de Dios, que el Reino puede ir viniendo (y lo pedimos en el Padre Nuestro), y que día a día podemos ir buscándolo y ganándolo... Mientras tanto, nos queda el aguante. Pero un aguante que no es sólo "soportar" sino "tener aguante", como se dice en términos futboleros. Y cuando de tener aguante se trata, se hace importante (ayuda a "cargar las pilas", a "despertarse", a "saltar de la cama") mirar el testimonio -el martirio- de tantos hermanos que ayer y hoy han dado y siguen dando la vida para que la vida crezca, para que la esperanza florezca y para que la alegría renazca. Quienes trabajan para "insuflar ánimo en el desaliento", "aniquilar la muerte", "destruir la tristeza", pueden darnos una mano para desperezarnos y animarnos a crecer y ser felices, y ayudar o trabajar para que otros también lo sean.



Dibujo tomado de http://elenaescolar.wordpress.com/2013/01/14/deporte-y-pereza/

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